El silencio de las alas
- Malkeet Kaur
- hace 6 días
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Por Malkeet Kaur
Despega de la pista un pájaro metálico atronador que se despliega en el centelleante cielo nocturno, con su tren de aterrizaje crujiendo antes de plegarse. Dentro del largo tubo, aparentemente seguro, cientos de almas se preparan para cruzar tierras y océanos lejanos. Algunos simplemente responden a la llamada del hogar.
Su nariz se eleva cada vez más, cortando el aire y el viento hasta convertirse en un punto de luz parpadeante para los atónitos habitantes de abajo. Dentro de la cabina, los paneles centelleantes hipnotizan al piloto. El acelerador tiembla en su mano.
—Buenas noches, Kuala Lumpur —murmura mientras las luces de la pista se pierden en la oscuridad.
A la altitud de crucero, el pájaro metálico se estabiliza, con el estabilizador vertical firme y las alas extendidas. Se desliza como si solo se moviera con fe.
Tras la breve charla de la torre y el previsible intercambio de coordenadas, se hace el silencio. Sus copilotos están en silencio. No pregunta por qué. La misión es simple: volar. Hasta que... su mente duda, una pausa demasiado larga. «Concéntrate en las luces», susurra una voz desde un rincón de su mente. «Concéntrate en las luces».
El cielo, más oscuro que la oscuridad, lo aprieta. Su mente busca un destello, una guía. Mira hacia abajo y capta fugaces destellos de luz allá abajo, las moradas de las almas vivas y brillantes bajo el cielo oscuro. No pueden oír el zumbido constante del pájaro metálico sobre ellos. No saben qué se avecina.
«¿Qué significa eso?», pregunta su mente.
Las almas en su interior no tienen idea de que la profundidad de su decisión pronto será suya. ¿Cuándo se toma esa decisión? ¿Cuando reservan su viaje con entusiasmo? ¿O en el momento en que la idea de viajar surgió por primera vez? Hombres, mujeres, niños, bebés, todos atrapados en esa chispa de pensamiento, inconscientes de cómo los consumirá.
A través de las pequeñas ventanas ovaladas, observan la oscuridad, fascinados por cómo las alas metálicas surcan las nubes movedizas, como cintas de seda oscura. Se regocijan con la vista. El piloto, mientras tanto, aparta la mirada con miedo, buscando de nuevo la luz. Bajo esas nubes danzantes, la profunda inmensidad los atrae.
Sus pensamientos se desmoronan. La oscuridad aprieta su presa. Abajo, la densidad del vacío tira de su consciencia, arrastrándola de cien a nada. Busca frenéticamente la luz. La voz lo tranquiliza: «La luz te encontrará.»
«¿Cómo?» pregunta desesperado. «¿Cómo me encontrará?»
Un destello de cordura lo atraviesa; algo anda mal, advierte. Sus copilotos están ahí, pero no están. La oscuridad se siente demasiado completa, demasiado viva. Entonces, la voz lo interrumpe: Es la hora.
La cordura lo agarra. «¿Hora para qué?», suplica.
«Sube el avión», insta la razón.
Niega con la cabeza. La consciencia se difumina. Comienza la batalla, la claridad contra la compulsión. La voz es firme, persuasiva, divina. La cordura se siente frágil en sus garras.
El sonido del viento a alta presión lo azota mientras el pájaro de metal empieza a caer. ¿Así se siente un pájaro? El viento ahoga cualquier otro sonido. ¿Fue un golpe? ¿Un grito? Cierra los ojos y los oídos. Ahora es el pájaro, descendiendo como una flecha, atravesando la noche y las nubes, precipitándose hacia las profundidades, creando ondas que rompen la quietud y despiertan el mar dormido.
Abre los ojos de golpe. Ante él, luces radiantes, como arcoíris, se acercan. Gritos se filtran a través de la niebla de su mente, los graznidos de pájaros moribundos, desesperados por volar. Tantas luces. Tan brillantes. No le sorprende. Hay tantas almas.
«¿Cómo nos encontrarán?», susurra la cordura.
El peso de la inmensidad lo oprime.
«No lo harán», responde la voz. «Descansaremos en las profundidades salvajes, fuera de su alcance.»
Él exhala. Se siente ligero de nuevo.
¿Lo siguieron los demás?, se pregunta. ¿Se rindieron? Espera que sí; el peso es insoportable.
Las luces verdeazuladas se elevan a su encuentro, lentas y brillantes. Abre los brazos. Lo envuelven. En una última oleada, el pájaro de metal gime profundamente antes de rendirse a las profundidades.
Silencio. El pájaro de metal ya no grita. Una a una, las almas se disuelven en las luces hasta que solo queda quietud. Pasan los meses. Años. Nadie viene. Criaturas curiosas se acercan, observando la extraña forma hueca. Algunas se cuelan dentro y la convierten en su hogar.
El pájaro de metal que una vez voló ahora yace en la oscuridad, esperando, en silencio y sin fin, a ser encontrado.




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