Cómo el ratón obtuvo orejas grandes
- Sarah Reynolds
- 3 nov 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 5 ene
por Sarah Reynolds
traducido del inglés por Héctor Delgado Cortés
¿Has escuchado alguna vez la historia de cómo el ratón consiguió sus grandes orejas?
Cuando todos los animales fueron creados, algunos fueron hechos más grandes que otros. Con el pasar de los años, tanto los animales como yo olvidamos el porqué.
Uno de los animales más pequeños que he visto en una granja fue el Ratón. Eso sí, el Ratón no siempre tuvo sus grandes orejas.
Todo comenzó un día en que comía semillas en el galpón. De pronto, el Caballo le pisó la cola. —¡Iiiiiihhh, iiiiiihhh! —chilló Ratón. Pasaron varios minutos de desesperación, pero Ratón no lograba liberarse. Solo cuando el Caballo se acercó hacia un delicioso fardo de heno pudo escapar.
Libre al fin, el Ratón corrió hacia el fardo y se plantó frente al Caballo. Mirándolo a la cara, le gritó: —¿No escuchaste mis gritos cuando pisaste mi cola?
El Caballo respondió:
—Escuché tus ruidosos chillidos. De hecho, tu exagerada reacción me hizo quedarme unos minutos más. El granjero CORTA mi cola cada mes, y no exagero como tú.
Ratón, sintiéndose pequeño y avergonzado al notar que la cola de Caballo había sido cortada y la suya solo pisada, lo escuchó en silencio.
—Tal vez deberías mantenerte lejos del establo si no quieres que pise tu cola —balbuceó Caballo. Ratón lo escuchó.
Ratón decidió que quizás tendría más suerte en el campo. Allí vio a Perro. Perro ladraba y ladraba. Cada vez que lo hacía, los otros animales se movían. El Ratón, al ver esto, preguntó: —¿Cómo logras que los demás animales te escuchen?
—¿No te escuchan cuando hablas? —preguntó Perro en respuesta.
—No... —respondió Ratón.
—Hmmm —pensó Perro—. Te apuesto a que es porque no tienes dientes. Si te presto los míos, tal vez puedas hablar con más claridad y los demás te escuchen.
Así que Ratón tomó, feliz, sus dientes premolares, y Perro mantuvo sus colmillos. Ratón fue al establo y le mostró sus nuevos dientes a Caballo. —Te ves tan lindo cuando enseñas tus dientes. Ni siquiera encajan en tu cabeza —rió Caballo. Avergonzado otra vez, Ratón volvió con Perro.
Avergonzado nuevamente, el Ratón regresó con el Perro.
El Perro vio al Ratón acercarse y ladró:
—¿Te escuchó la gente?
El Ratón respondió:
—No, se burlaron.
—Según lo que yo he notado —dijo el Perro—, a la gente le causa gracia lo divertido. No te aflijas. Tampoco exageres.
El Ratón, al oír esto, sintió vergüenza.
Decidido a no exagerar, pero necesitando un poco de espacio lejos de Perro, se dirigió hacia el porche. Allí se encontraba sentado Gato. Gato maullaba y maullaba frente a un pequeño tazón en la puerta. Después de maullar durante varios minutos, el granjero llegó y le sirvió leche.
Con hambre y con la determinación de no complicarse, el Ratón volvió a alzar la voz.
—¡Ih-ih-ih-ih-ih-ih, Ih-ih-ih-ih-ih-ih! ¡Queso, por favor!
Al verlo, el granjero, lleno de furia, trató de aplastarlo. Ambos gritaron aterrorizados:
—¡Aaaahhh!
Logrando escapar por un pelo, el Ratón dijo:
—¡El granjero casi me pisa!
El Gato, que lo oyó, le dijo al Ratón:
—Según mi experiencia, el granjero sólo pisa a la gente por error.
Indignado, el Gato añadió:
—Para que no te pisen, deberías irte a un sitio donde no haya nadie más grande que tú.
Y el Ratón le hizo caso.
Primero se dirigió al campo, y todos los animales eran más grande que él. Luego fue al corral, y lo mismo: todos más grandes. Siguió hacia la granja, y aún eran más grandes. Por último, llegó al arroyo, donde vio algunos animales en el agua, pero no podía discernir si eran más grandes o más pequeños que él. Sin poder ver bien a los nuevos animales, se acercó cada vez más hasta que entró en pánico.
—¡Mis manos! ¡Mis brazos! ¡La corriente es más poderosa que yo!
El agua lo arrastró sin piedad hasta afuera de la granja. Agotado y jadeando, el Ratón recuperó el aliento. Sin embargo, se encontraba flotando.
—¿Habré muerto? —pensó, confundido.
Un pellizco lo sacó de pronto de su ensueño.
—¿Qué… qué es esto? —exclamó.
Un halcón lo había arrancado del agua. Cuando miró hacia abajo, se dio cuenta de que desde ahí arriba, todo parecía más pequeño que él. Todo, excepto el halcón.
Comenzó a llorar. La verdad se le revelaba demasiado tarde. En su peor momento, entendió. Desde el cielo, se veía lo diminuto que era todo. Absolutamente todo. No sólo él.
El halcón lo llevó a su nido, donde sus crías, al verlo, protestaron:
—¡Mamá, yo quería pescado!
—¡Vaya! Necesitas mejorar tu vista —contestó el Ratón.
Avergonzada, la mamá Halcón salió de su nido para intentar ver mejor. Así, el Ratón pudo escapar.
Ratón se escabulló, caminó, corrió y volvio a caminar. Repitió lo mismo una y otra vez hasta llegar a la granja.
Durante el trayecto, tras reflexionar, empezó a prestar atención a su entorno. Escuchó el canto de los pájaros y notó su pequeño tamaño entre los árboles. Oyó el murmullo del arroyo que antes era amenazante. Los grillos ahora le parecían más pequeños. Sin embargo, su sonido era intenso y potente. Se concentró tanto que sus orejas crecieron. Alcanzaron un tamaño que lo ayudó a percibir sonidos nuevos. Al inicio era un sonido leve, pero luego lo reconoció: era su esencia, su propio ser.
En su interior, sintió un cosquilleo en las orejas y pensó de nuevo:
—Tal vez ellos tampoco se dan cuenta de que son pequeños —se rió.
Se rió una y otra vez, pensando en cómo todos y todo son pequeños desde el aire. Rió al recordar cómo, desde esa perspectiva, vio que la cola del Caballo está hecha de pelo. El mundo del Caballo, al ser grande, era tan pequeño que no notó que la cola del Ratón está hecha de carne.
Rió al pensar en el mundo del Perro, tan pequeño que nunca tuvo que pensar dos veces antes de hablar, confiado en lo puntiagudo de sus dientes.
Se rio del Gato. Su mundo era pequeño, al tener la comida servida y no haber enfrentado un peligro como el del halcón.
Cuando regresó, sus grandes orejas detectaron un hueco en la pared. Allí cavó, con sus nuevos dientes, un lugar propio para vivir en paz. Ahora, al hablar con el Caballo, entendía lo reducida que era su perspectiva. Sus orejas le dejaban claro lo ignorante que era el Gato y lo ruidoso que era el Perro. Al ver que todos, en el fondo, eran más pequeños de lo que parecían, dejó de sentirse mal por su tamaño. Sus orejas grandes se lo habían demostrado.




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