Sinfonía N°2, en mi mayor
por Sam Williamson
Cuando Leonor ganó un premio en el bingo, lo primero que preguntó fue si podía cambiarlo.
Después de todo, ¿qué iba a hacer una señora mayor como ella con un teclado eléctrico?
Pero las reglas eran rígidas y tuvo que llevárselo amarrado sobre el techo de su auto. Lamentablemente, en el camino no se cayó. Tampoco tuvo suerte vendiéndolo ni “regalándoselo” a su nieta, estrategia que siempre le funcionaba a fines de diciembre, después de las fiestas.
El bastardo teclado terminó instalado en la pieza de invitados, recuerdo de su primera, y probablemente, única victoria en el bingo de la municipalidad.
Leonor tocaba; verbo no en presente, pero en pasado (e imperfecto). Había tomado clases de pequeña con su hermana, en esos tiempos en que le decían que tenía “manos de pianista”. No tenía la habilidad de una, eso sí, puesto que solo pudo aprender dos “canciones” sobre corderos que saltan.
Sin embargo, siempre conservó una curiosidad loca sobre que habría ocurrido si lo hubiera retomado. Mas, ¿cuántas veces le habían dicho —o ella misma había repetido— que ya “tenía sus buenos años” y que “era muy tarde?. ¿Cuántos sueños hemos degollado con aquellas frases que decimos por comodidad, por costumbre? ¿A cuantos artistas hemos negado al matar su espíritu en primer lugar?
Igual, era divertido el aparatito.
Tenía decenas de botones que brillaban al encenderse. Su nieto le había dejado escrito, en una hoja de papel, el paso a paso para ponerlo en marcha y ajustar su configuración a su gusto. Con cuidado, y también con una ansiedad casi juvenil, se acercó a tocar una de las teclas. Nada. Debía ser el volumen.
Ahora sí. Acercó su dedo índice perpendicular a la tecla ¡Mi! ¿Y esa otra? ¡Sol! Sonó potente, limpio; una vibración eléctrica pareció viajar desde los receptores de su dedo, reverberando por todo su cuerpo. Leonor levantó una ceja, satisfecha, y dejó escapar una risilla.
Tocó una tercera nota. Luego una cuarta. Todavía no era música, pero algo en su interior —una maquinaria antigua y olvidada— había despertado, poniéndose en movimiento.
Al día siguiente, volvió a sentarse frente al teclado. Al subsiguiente, también. Anotó unos ejercicios sencillos. Volvió a recordar cómo se leían las notas. Buscó vídeos, imágenes, tutoriales y mucho más. Incontables veces se equivocó y se volvió a equivocar. Sus dedos eran rígidos y desobedientes, su mente dispersa y desordenada.
Do, Re, Mi. ¿Que está haciendo? Fa, Sol, La.¿No está un poquito mayor para estas cosas?
A veces, mientras practicaba, las notas se mezclaban con los recuerdos, las voces ajenas compases que guían sus dudas y confusiones. Leonor sentía que el mundo llevaba años intentando bajarle el telón cuando ni siquiera había podido subir al escenario.
Y aún así, algo curioso pasó.
Con cada error corregido, con cada ejercicio repetido, se lograba algo: un cambio. Un cambio en las notas; ahora obedientes compañeras; en el teclado, extensión de su maquinaria mental; en ella, música reencarnada. Aquellas notas sonaban diferentes desde que esas “manos de pianista” ganaron sus arrugas. Cada pérdida, cada alegría, cada frustración, había estado esperándola entre esas teclas, aguardando el momento en que se harían oír.
Después de todo, la música siempre había estado allí: en las calles, en los suspiros, en las gotas del lavado, en el rumor de lo cotidiano. Había estado esperándola pacientemente para que se uniera a ella, y esta vez Leonor no pensaba seguir esperando.
Tres meses y medio después de aquella infame adquisición, Leonor interpretó su primera canción completa, con una sonrisa tan genuina como la tenía aquella niña que recién comenzaba a tocar.




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