La lotería de Ozzy
- Frank Talaber
- hace 4 días
- 7 Min. de lectura
por Frank Talaber
traducido del inglés por Jossefa Palacios Rivera
Enroscado, tiritando y cubierto de arena mojada, mamá lo llamó Ozzy por el rockero famoso y loco que, en un concierto, le arrancó la cabeza a un murciélago con un mordisco.
—Deberías llamarlo Lotto—dijo mi abuela.— Un perro que ha encontrado gente rica para vivir en vez de deambular por la playa, yo diría que ha ganado la lotería.
Mis abuelos dijeron que no les hacía falta un perro. Mi mamá les rogaba y mientras Ozzy se acurrucaba junto a la chimenea y sonreía como si ya hubiera encontrado su hogar.
—Sus ojos me decían «por favor llévame a casa». —Me dijo mamá. Cuando Ozzy la encontró cerca de la casa de sus padres en el río Wabamun, mamá tenía diez años.
Curiosamente, se convirtió en el mejor amigo de mi abuelo cuando su negocio se vino abajo. Ellos realizaban largas caminatas por la playa. El abuelo hablaba con tristeza y tranquilidad. Ozzy sólo escuchaba. Agradezco que le haya hecho compañía.
Ozzy hacía cosas que nunca tuvieron sentido para nadie excepto para mí. Su cara era como si supiera un chiste que no podía contarle a nadie, porque no hablábamos el idioma de los perros.
Ozzy era muy amistoso. Incluso se hizo amigo de Bruno, el collie vecino, rey de la playa. Todos los perros y las personas lo sabían. Bruno siempre lo echaba. Pero Ozzy insistió y, al final, se volvieron los mejores amigos. Supongo que harían lo que hacen los amigos perros, discutir sobre el mejor tipo palo de madera para perseguir, ¿si se sujeta por el centro o los extremos? ¿Cuántas veces debe traerlo de vuelta antes de que su amo se canse y se aburra? O solo salir y oler otros traseros, cosas típicas de perritos.
La primera vez que conocí a Ozzy ya tenía el pelo gris. Le puse uno de mis brazos alrededor del cuello y lo miré a los ojos. No es muy difícil cuando tienes cuatro años. Había encontrado a mi mejor amigo.
Todos los veranos, pasaba en la playa, construyendo castillos de arena. Ozzy atrapaba palos o jugaba en el agua. También comía hot dogs en el muelle de la ciudad.
Las noches siempre terminaban igual. Agarraba un helado y nos sentábamos en la orilla, mirábamos el atardecer mientras yo abrazaba a Ozzy por el cuello. Ozzy era una gran oreja amiga. Para un niño que no para de hablar, era el mejor amigo. Estaba seguro de que Ozzy me escuchaba sólo para lamer mi helado, aunque una lamida suya equivalía a cuatro mías. Además, siempre le dejaba comerse el cono.
Nos dormíamos nariz con nariz, a pesar que Ozzy tuviera el peor aliento que haya olido. Una noche, mi abuela nos leyó un libro sobre ángeles y cómo llegan a nuestras vidas inesperadamente de diferentes formas. Le dije que nunca había visto un ángel pero le contaría cuando lo hiciera.
Al año siguiente, mis padres se divorciaron. Sólo sabía que significaba vivir en distintas casas y con distintas personas. Por mucho que tratara, cuando visitaba a uno de los dos siempre sentía que me faltaba una parte. Deseaba que estuvieran juntos, pero nunca pasó. Mi abuela decía que algunos niños crecen más rápido que otros. Quizás significaba que yo sería uno de esos. Ayudaba en ciertos aspectos, como aprender a abrocharse solo los zapatos o hacer las tareas. Sin embargo, no me reconfortaba saber que mis padres no querían vivir juntos.
De pronto, el mundo no tenía ningún sentido. No tenía muchos amigos, excepto Ozzy. En ese tiempo ya era un señor mayor en años perros, cada día más ciego. Aunque todavía tenía energía suficiente para sentarse conmigo, comer mis conos de helado y escuchar mis ocurrencias. Escuchó demasiado ese verano.
Estaba a punto de ir a vivir con mi papá. Me sentía como una de esas maletas que están en el clóset de la abuela. Un día le pregunté a mi abuela por qué sus maletas estaban hechas. Ozzy me dio una de sus miradas.
—Si alguna vez me escapara de casa, sería aquí donde vendría —le dije. Me abrazó y lloró.
Una mañana me levanté temprano, me puse una bata y metí todos los juguetes en los bolsillos. Mamá siempre me decía que tenía que usar casco a donde sea que fuera en mi bicicleta, así que me puse mi sombrero de bombero. Ozzy me vio mientras me alejaba por la calle.
Pasé por la casa del señor Ryerson, unas diez casas más adelante de la playa. Sentado afuera, me llamó para que me acercara.
—Buenos días, Danny. No sabía que regresaste aquí este año. Mi niño, cuánto has crecido. Ven, entra y déjame darte un vistazo.
El hecho de que comenzara a hablarme fue en sí un poco raro ya que él no hablaba con nadie.
Me preguntó si quería entrar y comer algo de helado de «Rocky Road». ¿Cómo sabía que era mi favorito? Dudé. Mamá siempre me decía que nunca debía entrar a casas de extraños. En realidad no era un extraño. Había vivido la mayor parte de su vida en la playa. Mi abuelo decía que era bastante solitario. Luego, su voz se volvió agresiva y me agarró.
Cuando me tocó sentí escalofríos de la cabeza hasta la punta de los pies, fue como tener chorrocientas arañas caminando por todo mi cuerpo.
Ozzy apareció ladrando de la nada. Él apretó sus mandíbulas alrededor de la pierna del hombre. Casi le arranca el tobillo. El señor Ryerson me soltó, gritando como loco, y con las manos llenas de sangre. Ozzy se mantuvo entre los dos, ladrando como el perro más feroz del mundo. El señor Ryerson me amenazó buscarme si es que me atrevía a contarle a alguien.
—¡Inténtelo! —Le grité mientras me subía a mi bicicleta —¡Y Ozzy le arrancará la otra pierna!
Luego de lo sucedido, siempre pasaba por su casa corriendo lo más rápido que podía. Cada vez que lo veíamos en la tienda del pueblo, Ozzy se erizaba y gruñía.
Aquella noche le dije a Ozzy:
—No sé cómo supiste que necesitaba ayuda, viejo amigo, pero gracias. —Ozzy me lamió de vuelta.
Años más tarde, mi abuela descubrió que al señor Ryerson le gustaban los niños pero, no de buena manera.
Bob, nuestro vecino de al lado, nos invitaba los domingos a hacer asados en su bote, que en realidad era solo una barcaza plana con asientos, una hielera gigante y una gran barbacoa. Llegábamos hasta el centro del lago y disfrutábamos de hot dogs, filetes, y mucha cerveza. Bueno, nunca tomé cerveza; sabía a agua amarga del baño con pipí en ella. Aunque nunca había tomado eso tampoco. Pero, si lo hiciera me imagino que ese sería su sabor. Me quedaría con la soda de crema, porque me hace burbujear la nariz.
Un día Ozzy comenzó a ladrarle a la tormenta. Mi abuelo le dijo que se callara, pero para entonces él ya estaba casi ciego. Sabía que quería ir a la playa, que quedaba a unos kilómetros y medio. Ozzy hizo algo que nunca había hecho antes. Saltó al lago y nadó recto hacia la orilla. Cuando lo encontramos, estaba sentado ahí, con una pata sobre otra. Miraba con atención el agua, aunque con una sonrisa más triste de lo habitual.
Por la tarde vino el amo de Bruno. —Bruno murió la semana pasada y esta mañana, mientras estábamos en la ceremonia, Ozzy se metió al lago. Se puso a mirar cómo lanzábamos las cenizas de Bruno al agua.
Cada noche, encontraba a Ozzy sentado en la playa mirando fijamente el lugar donde habían esparcido las cenizas de Bruno. Esa noche, como todas las noches en la que lo necesitaba, me senté junto a él. —Duele, ¿no es así, amigo? Es como cuando papá está aquí y mamá no o al revés. Sabes que no va a cambiar, pero sigues esperando y deseando lo mismo. Se queda ahí. Mi abuelo dice que nada se mantiene igual excepto el cambio. ¿Cómo podría ser eso posible?—. Pero sabes que, Oz, comenzaba a entenderlo. Esperaba que mis palabras de aliento lo ayudaran, pero Ozzy no me devolvió ni una lamida, solo estaba sentado ahí mirándome fijamente.
Después de eso, la ceguera de Ozzy empeoró y comenzó a tener problemas para caminar.
Dos semanas después, Ozzy murió.
Mientras cremábamos a Ozzy en el mismo lugar donde su mejor amigo Bruno, las nubes cargadas de agua comenzaban a juntarse al final del lago, aumentando cada vez más. Justo antes de que comenzara la tormenta, el agua se tranquilizó y pareció que el mundo dejó de respirar. Sé que para mí fue así.
Vi sus cenizas golpear el agua. Los piscardos (peces pequeños) nadaban bajo la superficie y pensé en que debían estar comiendo trozos de Ozzy. Durante la cremación mi abuelo dijo algo sobre que Ozzy formaba parte del ciclo de la vida. No me importaba. Todo lo que yo sabía era que había perdido a mi mejor amigo e iba a ser comida para peces.
¡No era justo! Quería correr por el agua y espantar a todos los peces. Si Ozzy hubiese estado allí, se habría sentado con esa sonrisa graciosa, sabiendo que nada podía cambiar lo que había pasado.
Mi abuela trajo un cono de helado justo cuando un rayó partió el cielo. Sin importar cuánto lo deseara, él no estaría ahí. Comí un poco de mi helado, y dejé que mis lágrimas cayeran en él. Tuve que entrar porque comenzó a llover. Dejé el cono en nuestro lugar.
Mientras escuchaba el estruendo de un trueno busqué a Ozzy en la cama, pero por su puesto mi mano solo encontró un espacio vacío. No me hubiese importado su mal aliento.
En medio de la noche, escuché un ladrido y miré por la ventana. Entre los destellos de los relámpagos, juraría que vi a dos perros jugando en la playa. En la mañana, le conté a mi abuela que había visto a mi primer ángel.
A la mañana siguiente, la tormenta había hecho desaparecer todo rastro de Ozzy. Divisé los humedecidos restos del cono de helado, agradecido de que los peces no se lo hayan comido todo. Entrecerré los ojos y vi que le faltaba un pedazo como si le hubieran dado un mordisco.
Reflexioné sobre lo que mi abuelo dijo sobre el ciclo de la vida, mirando el cono con una sonrisa propia de Ozzy. Sabía que si él mirara desde el cielo, reconocería esa sonrisa y sabría que yo también sabía su secreto.
Al día siguiente, estaba caminando por la playa cuando escuché un débil aullido. Me quedé mirando los arbustos donde había un pequeño cachorro.
—Ahora te irás conmigo a casa, Lotto.




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