Fragmentos de una vida perdida
- Gary Beck
- hace 6 días
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Actualizado: hace 3 días
por Gary Beck
traducido del inglés por Héctor Delgado Cortés
Tengo problemas para contener mi emoción durante el viaje en autobús desde mi casa hasta mi nuevo trabajo de verano en el Centro Comunitario del Vecindario. Antes de que terminara mi segundo año en la escuela secundaria, vi un anuncio en un tablón de avisos que ofrecía puestos para consejeros juveniles en un campamento urbano. Llamé, conseguí una cita para una entrevista, asistí, causé una buena impresión y obtuve el trabajo. Esto era importante para mí por varias razones. La principal era que me mantenía alejado de la pandilla cinco dias a la semana.
En mi infancia, mi familia había estado sin hogar durante años. Nos quedábamos con familiares o amigos. Si tenía suerte, dormía en un sofá. En una de las casas, el hijo mayor de una amiga de mi madre me hostigaba sin piedad. Siempre me culpaban cuando me defendía. La vida cambió cuando mi familia compró una casa pareada en un barrio acomodado. No sé de dónde sacaron el dinero, pues siempre me decían que éramos pobres. Mi padre descargaba sus frustraciones y fracasos golpeándome con regularidad. Todo se volvía cada vez más difícil. Ingresé a una nueva escuela donde todo el curso estaba junto desde primero básico. Me sentía un extraño, pero estaba acostumbrado. Los repitentes mayores del curso eran problemáticos porque me hostigaban y me lastimaban. Aunque yo me defendía. No entendí por qué los profesores nunca los veían lastimarme, pero sí todo lo que, según ellos, yo hacía mal.
Aun así, hice nuevos amigos en la cuadra. Al final del año, parecía que siempre había vivido allí. Discutíamos y peleábamos, pero nos reconciliábamos sin rencor. Practicábamos deportes según la temporada. Los mejores eran el fútbol americano, el béisbol y el hockey. Tiempo después comprendí que había experimentado la vida de un pueblo pequeño en una gran ciudad. Necesitaba ganar dinero con urgencia porque mi padre no me daba nada. Por eso, a los once, trabajé repartiendo el diario local The Brooklyn Eagle. Era el repartidor más joven y más pequeño. Aunque los chicos mayores me molestaban, supe repeler sus agresiones con determinación para que desistieran. Fue una dura introducción al mundo laboral depredador. No era muy distinto del colegio, pero al menos me pagaban.
Me levantaba cada mañana a las cinco, tomaba mi bicicleta y me dirigía al depósito de papel; doblaba los periódicos, los guardaba en mi mochila y, para las cinco y media, ya estaba en las calles, lanzando los diarios a las puertas de su distinguida clientela. El declive de The Brooklyn Eagle dos años después puso fin a mi travesía. Me gradué de octavo grado cuando tenía trece años y me despedí felizmente de los patanes que me molestaban. Ese verano, un vecino me consiguió un trabajo como recadero en el gran estudio de abogados Warwick & Legler. Trabajé para John Foster Dulles, de quien luego me enteré que era una persona influyente en los círculos republicanos. No sabía nada de política, así que no pude reconocer el estatus del señor Dulles, y nadie se molestó en explicármelo. Entre los recaderos había los típicos matones, pero me encargué de ellos e hice mi trabajo. Al final del verano, en la última semana de agosto, sentí que había aprendido algo sobre cómo interactuar con adultos sotisficados.
Poco antes de comenzar la enseñanza media en 1951, perdimos nuestra casa. Fue la peor noticia de mi vida. Aquella vida no era perfecta, pero comparada con todos los demás lugares donde había vivido, se acercaba a lo humano. Con mis amigos teníamos los típicos conflictos por asuntos relevantes, como quién dejó caer la pelota, a quién poncharon o quién recibió tres out. Sin embargo, superábamos las discusiones, casi siempre sin pelear. Continuábamos el juego o lo retomábamos al día siguiente. Ninguno de mis amigos sabía de mi vergüenza secreta en casa. Mi padre me odiaba. Si ellos venían a la casa, él era muy amable hasta que se marchaban. Después me gritaba y maldecía. Al menos había logrado que dejara de golpearme.
Me sentía horrible. Me había acostumbrado a vivir lo más cerca posible de lo que sería una vida normal de niño. Incluso olvidé mis problemas por un tiempo. Ahora lo perdería todo. Tendría que despedirme de mis amigos, y no sabía como hacerlo. No tenía a nadie a quien pedirle consejo. No había un solo adulto de confianza con quien pudiera hablar. De hecho, ni siquiera con mis amigos podía hablar de cosas personales. Así que todo lo bueno en mi vida estaba por terminar. Al menos mi mamá dijo que nos mudaríamos a un departamento, por lo que no volveríamos a una situación de desamparo.
Nos mudamos a un nuevo vecindario, y el departamento estaba ubicado en la peor casa de la cuadra. En mi primer día allí me enfrentaron unos chicos que formaban parte de una pandilla. Me golpearon y me advirtieron que seguirían haciéndolo. Estoy acostumbrado a los golpes. Mi padre me pegaba con regularidad hasta que lo enfrenté con un cuchillo de caza, cuando tenía once años, obligándolo a detenerse. Aún me grita e insulta, pero ya no es nada comparado con cómo me trataba antes. Nunca golpeó a mi madre, pero ella estaba agotada de sus ataques verbales. La odiaba por no haberme protegido de él, hasta que comprendí que no podía hacer nada contra su violencia. Ahora solo sentía lástima.
Nadie podía ayudarme. Me golpeaban todos los días, y los golpes se volvian cada vez más agresivos y humillantes, por lo que terminé uniéndome a la pandilla. La odiaba. Ninguno de ellos era confiable ni leal; te darían la espalda en cualquier momento si los molestabas. Pero las golpizas se detuvieron. Tenía mi propia vida secreta en casa, leyendo libros maravillosos que me ayudaban a escapar de mi realidad y a olvidar lo mucho que odiaba mi vida. Una cosa sabía con certeza: las cosas podían empeorar en cualquier instante. A pesar de mi solitaria condición, alcancé a vislumbrar destellos de un mundo más grande. Sin nadie más en quien apoyarme, dependía de mí encontrar un mejor futuro. El trabajo como consejero juvenil me mantendría alejado de la pandilla. Encontraré una forma de apartarme de ellos por completo antes de que el verano terminara.




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