Agua
- Sambhu Ramachandran
- hace 3 días
- 11 Min. de lectura
Actualizado: hace 7 horas
por Sambhu Ramachandran
traducido del inglés por Isabel Meléndez Araya, Héctor Delgado Cortés, y Jossefa Rivera Palacios
Anu despertó bañada en un sudor frío. Tomó algo de tiempo para que sus ojos se ajustaran a la habitación semioscura. Miró al reloj. Eran las nueve y media, lo cual significa que Alex se fue a su oficina en Panampilly Nagar. Sintió gotas de sudor deslizarse por el cuello desgastado de su polera hasta sus axilas. Se preguntó por qué habría tenido el mismo sueño durante los últimos tres meses ¿Sería hora de consultar a un psiquiatra?
El sueño siempre comienza con ella, parada al frente de la boca de una cueva cubierta de hojas, en la que se escucha el resonido de un insistente llanto de un recién nacido. Avanzaba a pasos frenéticos y, de pronto, lianas se desenredaban solas de las ramas retorcidas de los árboles cercanos para atarla con ferocidad al suelo del bosque. Ella forcejeaba con desesperación por soltarse. El sueño terminaba, sin excepción, en el instante en que se liberaba y se arrastraba hacia la abertura completamente oscura. El llanto implacable del bebé también disminuía. Un temor irracional le devoraba el plexo solar. Provocaba que se enroscara en posición fetal. Intento interpretar el sueño muchas veces, pero siempre fracasaba.
***
Anu entró a la cocina donde sabía que Alex dejó su desayuno. Volteo una dosa en su plato y observo cómo se desintegró en un pozo de chutney. Al comenzar a comer, le resultó desagradable el sabor persistente de la crema dental de menta que invadía su boca. Se acordó de las semanas después de su boda cuando ella y Alex desayunaban juntos. Se acordó también de que ella le daba de comer a escondidas mientras la empleada doméstica estaba de espaldas, y evocó la celeridad con la que él intentó devolver por su solicitud. Aunque siempre terminara haciendo el ridículo, sonrío. Había pasado mucho tiempo desde que compartían ese tipo de intimidad.
Alex ya no era el hombre con el cual ella se casó. Su sonrisa alegre y naturaleza despreocupada están enterradas bajo una pátina de reticencia opaca. Se aislaba la mayoría del tiempo y, aparte de intercambiar miradas casuales con sus conocidos, rara vez hablaba. Durante algunas noches, lloraría acostado en la cama por horas y sin decir nada cuando lo confronté sobre la causa de su miseria. Pese a su desazón, Anu no atribuía a su propia persona el malestar de Alex. Más bien, suponía que la culpa la tenía su extenuante horario, plagado de compromisos por Zoom. Consideraba que, cualquiera que fuera el problema, Alex podía desahogarse con ella. Se sentía una confidente de sus penas. Sin embargo, evitaba abordar el tema directamente, por temor a que Alex interpretara que cuestionaba su dedicación laboral.
Como director creativo en una agencia de publicidad, Alex trabajaba sin tregua para cumplir con los objetivos exigentes. Cuando sucedió la pandemia, a todos excepto a él les fue dada la opción de trabajar en casa. Sus jefes eran un montón de anticuados que creían que no era un buen augurio para su negocio si tenía un anuncio que decía "CERRADO" en la puerta de su oficina por meses y meses. Alguien tenía que encargarse. Y siendo el más alto de la jerarquía, cayó sobre Alex, quien tenía que apaciguar a sus superiores. Si bien al principio le resultaba muy desfavorable, con el tiempo cambió de parecer. Anu percibía, ante todo, que Alex vivía cada instante de separación como un respiro, provisional, ante un desastre inminente. Sin embargo, ignoraba de qué desastre se trataba.
***
Tras levantarse de la mesa, con el desayuno concluido, Anu encontró a Tipu posado en la encimera de la cocina, sumido en sus reflexiones. Movió su cola peluda y soltó un "meow" captivador cuando ella abrió el grifo. Al chorrear el agua sobre el plato manchado con chutney, se acercó a observar.
Era Alex quien nombró al gato como el tremendo gobernador de Mysore al ver su complexión robusta y aspecto noble. Un día, vagó dentro del departamento así nomás. Nadie sabía si tenía dueño o si era callejero. Aunque Alex puso el anuncio en el periódico, nadie se acercó a reclamarlo.
Inclinando con destreza la cabeza hacia el grifo, Tipu intentó atrapar un hilo de agua en la boca. Sus bigotes se tensaron por el esfuerzo. Anu, riendo, dijo:
—¿No sabía que los reyes son tan ansiosos?
El felino pareció hacerle caso, pues se detuvo un instante. Parpadeó como si fuera una señal de comprensión. Luego, saltó a otro lugar.
***
Anu estaba en la habitación revisando los mensajes en su celular. Pensó con frecuencia cómo podría haber sobrevivido la pandemia si no fuera por estas innovaciones maravillosas que la conectan con todos sus amigos de la escuela y universidad con facilidad. Las puntas de sus dedos posaron cariñosamente sobre las conversaciones de WhatsApp que aparecieron arriba de su pantalla. La mayoría eran reenvíos. Una de sus amigas justo envió un video inspirador sobre no rendirse con los propios sueños. La miniatura muestra un velocista musculoso y una pista de carreras brillando bajo un sol truculento. Ya que los videos nunca fallan a ponerla nerviosa con su mezcla de optimismo agresivo y simplicidad, no se molestó en descargarlo. En cambio, envío un montón de emoticonos locos mostrando su enérgica aprobación.
Lo que Anu esperaba era, en verdad, un mensaje de Alex. Pero aún no había llegado. Él acostumbraba a escribir al llegar a su oficina. Era un ritual que, tras casarse, había aprendido a mantener. Estaba consciente de la paranoia de Anu ante cualquier percance vial. Prefería no aumentar su angustia guardando silencio. Si se olvidaba, su chat se colmaba de signos de interrogación que se volvían más apremiantes (y hostiles) cuando no respondía de inmediato. Esta vez, de nuevo, una oleada de ansiedad comenzó a envolver a Anu. No habría paz para ella hasta saber que la cabeza de Alex estaba enterrada en algún nuevo proyecto de publicidad. Estaba a punto de enviarle un mensaje de reproche cuando un estruendo fuerte, seguido de los maullidos arrepentidos de Tipu, retumbó en la casa. Dejó el teléfono en la almohada y se dirigió al pasillo.
Solo dio unos pasos cuando se resbaló sobre una capa de agua y se estrelló contra el piso. La caída fue tan de repente que le tomó tiempo darse cuenta de que estaba en postura recostada, su cabeza presionada contra el frío de la cerámica. Por un momento, sintió que su conciencia se desprendía. Estaba sumida en una sensación punzante y adormecedora. Un dolor intenso le atenazaba la cabeza. Un delgado hilo de sangre comenzó a deslizarse. A través de sus ojos entreabiertos ocultos por sus pestañas enredadas, vio a Tipu parado a su izquierda sin saber qué hacer. Bajo su espalda y entre sus pies se esparcían fragmentos de vidrio roto. Al intentar levantar el hombro, escuchó un crujido tenue, semejante al de una cáscara al romperse, que le desató una sacudida de dolor a lo largo de sus nervios.
Cayó justo sobre fragmentos de jarro de cristal que Tipu quebró al pavonearse en una de sus fantasías exóticas de gato y ratón. Sin duda, ella no había visto los restos al entrar. El impacto hizo que el agua acumulada alrededor de los vidrios empapara su falda floral y se acumulara entre sus muslos. Escenas de su sueño —la cueva, el llanto del bebé y las lianas— ahora repetían en su mente de manera breve a través del proceso que a la vez era asociativo y desconcentrante. Retorció de manera violenta y se le adormecieron las manos. Sus ojos se pusieron en blanco y un rayo de oscuridad nubló sus sentidos.
De repente, y antes de que perdiera la conciencia, sintió que no estaba acostada en el piso, sino en una camilla del hospital rodeada de enfermeras con sus uniformes, murmurando algo incoherente entre ellas. El doctor lucía como un serafín en su bata blanca y guantes. Escucho el ruido de los cilindros vacíos de oxígeno rodar y observo, aunque imperfecto, bisturíes y tijeras brillando sobre la bandeja plateada. También sintió un dolor insoportable entre sus piernas. Alguien le estaba pidiendo que empujara fuerte, y ella estaba aferrándose a esas palabras como un escalador lo haría con una repisa de una roca.
Y de la nada es cuando, en una ola de memoria sofocante, todo lo que pasó durante los últimos dos años volvió.
***
Anu tenía seis meses de embarazo cuando el COVID-19 asumió las proporciones de una amenaza global. Había seguido con aprensión las noticias sobre las personas que morían en gran número. Alex también estaba preocupado. Habló con sus superiores sobre la condición de Anu y solicitó no asistir presencialmente a la oficina. Cuando rechazaron su petición, estuvo furioso durante varios días. Compensando la insensibilidad de sus jefes, comenzó a tomar todas las precauciones posibles para asegurarse de que Anu no se viera infectada por su negligencia. Llegó incluso a prescindir de la empleada doméstica. Asumió personalmente tareas como lavar la ropa y cocinar. Anu se ofreció a planchar sus poleras o preparar su plato favorito. Sin embargo, Aex la reprendió de manera cariñosa. La hizo volver a la comodidad de la cama.
El doctor aconsejó a Anu reposo total desde que el caso de placenta previa fue detectado durante la ecografía de 20 semanas. Alex llevó a Anu a otras clínicas para ver otras posibilidades, que tal vez la ecografía tenía un error. Pero cuando todos los doctores estaban de acuerdo, sintió que el destino le lanzó el primer golpe real. Al principio, no supo cómo reaccionar. Al ver que Anu recibió la noticia con gran conmoción, comenzó a sobreponerse a su propia ansiedad. Una vez, cuando le preguntó por qué parecía tan serena, ella respondió: —Hay que confiar en nuestra bebé. Va a salir perfecta—. Alex comprendió entonces que Anu ya había formado un vínculo profundo con la niña (a la que desde entonces se refería en femenino). Si algo inesperado llegara a ocurrir, quedaría devastada.
En esos días, Alex sintió con mayor intensidad la ausencia de sus padres. Desde que contrajeron matrimonio en contra de los deseos de ambas familias, llevaban una vida de aislamiento desde el comienzo. Solo recibían, de manera esporádica, la visita de conocidos que acudían a indagar sobre posibles problemas conyugales. Esos que, según muchos, surgirían inevitablemente cuando una pareja joven desoía el mandato familiar. Pero al cuidar a su esposa, Alex descubrió varias fortalezas, las cuales él no sabía que poseía. Por seguro, podía desengañarse a sí mismo de la noción de que solo las mujeres hacen los deberes en la casa. Cocinarle a Anu se le hizo más adictivo que leer sus revistas favoritas de deportes. También abandonó su regla de un cigarro cada semana a favor de abstinencia total.
Aunque no era para nada supersticioso, Alex creyó que el bebé era una señal de que vienen muchas cosas buenas. Espero con mucha sinceridad que con el nacimiento, sus familias separadas por fin se unirían.
Un día, después de regresar de su chequeo médico, Anu se enfermó de repente. Los síntomas, los cuales eran leves, aumentaron de peor manera en solo unas horas. Sentía un dolor intenso de cabeza, la garganta seca y adolorida; no podía beber agua sin que algo áspero le rasgara al bajar por el esófago. Llamó de inmediato a Alex, quien había regresado a la oficina después de dejarla en el departamento. Cuando llegó apresuradamente, ella estaba a punto de desplomarse entre sus brazos. Susurró algo de quedarse con la mascarilla puesta, ya que era posible que ella pudiera haber contraído el virus. Pero él no estaba en ningún estado de preocuparse por sí mismo. La llevó al hospital más cercano, donde una enfermera envuelta en un kit de EPI sufocante le tomó una muestra nasal. En una hora se confirmó que ella era COVID positiva. Ya que estaba embarazada, el doctor no le recetó medicamentos. La devolvieron a su casa con la instrucción de tomar paracetamol tres veces al día.
El hecho de que Anu no había sido vacunada se convirtió en motivo de preocupación. Era la Dra. Usha, el ginecólogo, quien recomendó contra la vacunación, ya que los ensayos clínicos que involucran a las mujeres embarazadas no habían obtenido un resultado conclusivo. Alex llamó a la Dra. Usha para informarle del diagnóstico. Tartamudeó al explicar la situación y esperó la respuesta de la profesional. La doctora Usha percibió el temor en su voz. Le pidió que no se alarmara: muchas gestantes se contagiaban, pero la mayoría se recuperaba sin secuelas significativas.
***
Fue una noche lluviosa, en la segunda semana de mayo, cuando se rompió la bolsa de aguas de Anu. Estando muy nervioso para manejar, Alex la llevó al hospital en taxi. A pesar de que aún había un mes para la fecha de parto, el doctor dijo que sería imprudente esperar más. Alex supo, en lo más hondo, que los síntomas post-COVID eran los culpables.
Pasó toda la noche sentado en una de esas sillas de acero enlazadas, fuera de la sala de partos, sin llegar a cerrar los ojos. Aunque no era muy religioso, se encontró invocando algún poder superior para pedir ayuda. Cuando la Dra. Usha salió de la puerta batiente a las cinco y cuarto de la mañana, saltó a pararse de una, aunque se sentía mareado por la falta de sueño.
—Lo lamento, Alex… hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance. Lamentablemente, no pudimos salvar al bebé —dijo la Dra. Usha con un tono compasivo.
Alex sintió una punzada en el pecho.
Cuando habló, le costó arrancar las palabras:
—¿Ella está bien?
La doctora esperó unos momentos antes de responder. Era evidente en su expresión que la respuesta no era buena.
—Ha entrado en coma. Aunque es probable que sea temporal… En cualquier caso, aún es muy pronto para pronunciarse —respondió la Dra. Usha con rapidez, volviendo a entrar al quirófano.
Parado en medio del pasillo, animado por el llanto de los recién nacidos, Alex sintió que su vida hasta ese momento no había sido más que una preparación para esta pérdida devastadora.
***
Anu yacía recostada contra la almohada. Alex estaba sentado a su lado. Con delicadeza, apartó algunos mechones sueltos de su frente vendada.
La había encontrado inconsciente en el suelo al regresar de la oficina. Unas gotas de agua fría en el rostro la reanimaron. Discutieron durante media hora sobre el accidente, y Anu se mostró bastante reacia a hablar del tema. Cuando Alex por fin decidió dejarla sola, pensando que necesitaba tiempo para recuperarse, ella dijo: —¿Por qué me mentiste todo este tiempo?
La pregunta destrozó el corazón de Alex como un disparo. Intentó fingir que no entendía sus palabras, pero al verla a los ojos eso comprendió que ya no podía seguir ocultándolo.
Una lágrima cayó de su ojo izquierdo.
—Estaba asustado —dijo, girandosé hacia ella—. Tenía miedo de que sufrieras otra recaída... y te perdiera para siempre —continuó.
Anu podía escuchar la culpa en su voz.
Ya destruído por la muerte de su hijo, Alex no sabía qué haría si Anu no despertaba nunca del coma. Se tomó una licencia médica indefinida y estaba dispuesto a renunciar si es que sus jefes le hacían algún problema. La recuperación de Anu fue dolorosamente lenta y triste de ver. Afortunadamente, recuperó la conciencia al día noventa de su hospitalización. Pero los recuerdo de los eventos recientes había sido eliminada en su totalidad. Después de hablar con el Dr. Usha, Alex decidió no contarle nada sobre la muerte del bebé a Anu hasta que ella estuviera totalmente recuperada.
Habían pasado muchos meses y Anu volvía lentamente a ser ella misma de nuevo. Pero los labios de Alex permanecieron sellados.
***
Anu y Alex estaban junto a la tumba de su hijo. Como era muy temprano, no había nadie más.Un cuervo de vuelo elegante cruzó el cielo sobre ellos. Los grillos cantaban de forma intermitente entre los matorrales. Anu se arrodilló y besó la pequeña lápida donde el musgo había comenzado a trazar un diseño arábigo.
Alex intentó contener sus lágrimas.
—¿Conoces el sueño que he estado teniendo? —Le dijo con voz firme.
—Sí.
—Ahora sé lo que significa.
Alex posó una mano tranquilizadora sobre su hombro.
—Supongo que ya no volveré a despertar sobresaltada —añadió Anu con un tono determinado.
Había sufrido mucho, pero estar privada incluso del recuerdo de su pérdida le resultó más desgarrador que recordar lo ocurrido. Vivir olvidando la muerte de su hijo, un hijo que no recordaba haber llevado en el vientre, se sentía como una burla cruel a su propia existencia.
Una petunia con muchas flores había salido junto a la tumba. Aquellas flores rozaban las caderas de Anu y ella estaba agradecida por ese sentimiento de dolor que ahora inundaba su alma. Acarició cariñosamente los pétalos con forma embudo. Y estos comenzaron a moverse con la suave brisa como si estuvieran contentas con su presencia.




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